lunes, 24 de junio de 2019

La democracia y el mito de la caverna (1993)





La democracia y el mito de la caverna (1993)

Karel Kosík [*]


La gigantomaquia de la era moderna se celebra como enfrentamiento y combate entre diversas potencias que persiguen la conquista de una “autoridad absoluta” y para alcanzar ese objetivo emplean todos los recursos de la razón técnica. Lo que caracteriza a la “autoridad absoluta” es que no deja a la gente tal como es, sino que la transforma a la medida de sus necesidades y penetra en su interioridad, se apodera de ella, la ocupa y la utiliza para sus fines [1]. La autoridad absoluta es al mismo tiempo un poder transformador y ocupador. Hoy ya conocemos, por lo que parece, el resultado de ese combate. De las tres candidatas serias al primer puesto, dos potencias han sido derrotadas, el nazismo y el bolchevismo, y la palma del triunfo le corresponde a la democracia occidental. Pero ¿es la democracia mundial el triunfador definitivo o ha triunfado solamente ante el nazismo y el bolchevismo, que son dos variantes distintas de soluciones sangrientas y grotescas a la problemática de la época moderna, mientras que su verdadero contrincante sólo ahora aparece en toda su horrible monstruosidad? ¿Es esta “autoridad absoluta” una simbiosis política entre el Estado, el partido y el caudillo, es decir, la política totalitaria, o es una simbiosis metafísica (el entrecruzamiento que se produce entre la economía, la técnica y la ciencia) que somete a la política y a la cultura como instrumentos y ejecutores suyos? ¿Se concentra el Leviatán de la época moderna en la política, en esta institución tradicional de Occidente, o en una formación completamente nueva, reciente?



De los dos fenómenos que han influenciado decisivamente el transcurso del siglo XX, determinando sustancialmente sus rasgos y que continúan ejerciendo su influencia, hay uno que destaca por aparente, que actúa de modo visible, en público, mientras que el otro actúa oculto, escapa a la mayoría de las miradas y por eso parece como si ni siquiera existiese. El primero de estos fenómenos es la masificación. El siglo XX se ha convertido, como predijo Gustav le Bon en 1895, en la época de las masas. No sólo masas de gentes, sino también de productos, de armas, de información. No sólo ejércitos masivos que marchan uno contra otro, sino también campos de exterminio masivo, tumbas colectivas, masivas marchas de la muerte. No sólo masas reunidas en las calles y los estadios deportivos, sino también masas de gente escapando, huyendo del hambre y las persecuciones. No sólo masas de parados, sino también masas de turistas, en filas que recorren Europa, buscando distracción en el extranjero y en los viajes, huyendo de la monotonía, el mal humor y el aburrimiento. No sólo masas de uniformes marchando en fila, sino también masas de espectadores de televisión que observan cómo los niños mueren de hambre en masa y cómo una guerra relámpago, que no es más que una simple “operación quirúrgica”, destroza con toda efectividad al enemigo mediante el empleo de la técnica más moderna.

El polo contrario y complemento imprescindible de la masificación es el caudillismo. Las masas y los caudillos son dos caras de una misma cosa. Las masas errantes, desorientadas, descontentas, buscan y necesitan un caudillo, visible u oculto; y los caudillos de todo tipo utilizan a las masas como una herramienta para lograr sus ambiciones y objetivos. Las masas buscan un caudillo que les aconseje en su indecisión, que las libere del peso de la decisión, de la libertad, y les devuelva la perdida “alegría de obedecer”. Cada uno de los sistemas totalitarios del siglo XX responde de un modo específico a esta llamada de nuestro tiempo, ambos son un producto decididamente moderno y europeo.

La política totalitaria tiene el aspecto de un tiro de tres caballos, una triga, tirada por el Estado, el partido y el caudillo, de los cuales el partido es el caballo principal y el caudillo se mantiene en el poder como jefe suyo. Esta política pretende presentarse como una actividad creativa e incluso se hace llamar “la más alta y más vasta de las artes” [2]. Es lamentable que algunos espíritus críticos hayan caído en este engaño en los años treinta, cuando hablaban de la "estetización de la política” en relación con el nazismo, y que afecte también a filósofos de nuestro tiempo que buscan un paralelismo entre el supuesto carácter poiético del nazismo y la tragedia antigua [3].

La política totalitaria finge (del latín fingere) que crea (en latín fingere) una obra de arte y actúa como un escultor o un arquitecto, cuando en realidad se limita a repetir y a llevar hasta sus últimas consecuencias en una región de la realidad el esquema básico moderno: sujeto-objeto. La relación del sujeto con la realidad se realiza en este esquema como dominio que el soberano y propietario ejerce sobre el objeto humillado y disponible. Hobbes es el primero que, de acuerdo con el espíritu de la modernidad, concibe al soberano como artista (arquitecto) que utiliza a la gente como material para la construcción del edificio firme y seguro que es el Estado [4].


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En 1832 Schelling formula una condena demoledora a la filosofía de Hegel e inaugura una serie interminable de críticas: "... esta filosofía conduce a la adoración del Estado" [5]. Schelling ve el mal de la época moderna en el Estado, cuyo más elevado objetivo es la mecanización de todos los talentos, de toda la historia y todos los dispositivos. El Estado es un perpetuum mobile mecánico que nunca puede llegar a la perfección y al que, por eso, se le añaden constantemente nuevas ruedas, palancas y transmisiones, hasta el infinito. Y dado que todos los Estados se comportan con los hombres libres como si fueran ruedecillas de una máquina, deben ser abolidos (el joven Schelling de 1796) o al menos limitados (el Schelling de 1832) [6].

No es mi propósito investigar las relaciones entre Schelling y Hegel o analizar el concepto del Estado en Hegel. Sólo quiero llamar la atención acerca de por qué buscaba Hegel un poder compensador y razonable, que encontró acertada o desacertadamente, en el Estado. Mientras el joven Schelling advertía que el Estado representa una amenaza para la libertad de la humanidad, como mecanismo que mina su vitalidad, el joven Hegel descubría, al estudiar la economía política inglesa, un fenómeno que era precisamente lo contrario de cualquier mecanicismo, parálisis o dependencia: el conjunto de las relaciones económicas de la época moderna se comporta, según Hegel, como un animal salvaje y por ello hace falta una autoridad que dome su movimiento elemental y ciego. Las relaciones económicas modernas "son un inmenso sistema de ligazones comunes y dependencias mutuas, son el deambular de un muerto en vida que se desplaza ciegamente de un lado a otro y, como un animal salvaje, necesitan ser constantemente dominadas y domadas" [7].


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Y ya en los primeros años de la I Guerra Mundial, en territorio alemán, se pone en marcha, se experi- menta y se describe una formación que, por su dinamismo, su expansionismo y su agresividad, recuerda al "animal salvaje” de Hegel, al que podría considerar como un imperfecto antecedente suyo. Tres ámbitos de la realidad humana, que tradicionalmente existen de un modo independiente (la economía, la técnica y la ciencia), se entrecruzan en una formación simbiótica que, junto con la masificación, se convierte en el fenómeno determinante de la época moderna. Éste entrecruzamiento se realiza como un crecimiento ilimitado, como la superación de todos los límites, como una inmensa intensificación y un inmenso incremento.

Esta simbiosis no sólo tiene el mágico poder de despertar y organizar fuerzas titánicas y ponerlas al servicio de una parte de la humanidad, sino que además inaugura una época de dinamismo y movimiento que se expresa en términos como absorber, acumular, almacenar, consumir. Comienza la época de la movilidad universal; con una orden y una indicación del centro rector todo puede ponerse en movimiento y agilizarse, es posible crear, dirigir y controlar la constante corriente de cosas, informaciones y personas.

Cuando Walter Rathenau acuña durante la I Guerra Mundial el término suministro de materias primas (Roh-stoff-versorgung) expresa más de lo que cree y pretende. Ya no se trata sólo de asegurar las materias primas necesarias para la guerra, sino la transformación de todo, gente y naturaleza, en materia prima elaborable, en sustrato de movilización total. La realidad se transforma en una reserva manipulable de materias primas y energías y esta transformación es total: también los que se ocupan, administran y dirigen la movilidad pierden su identidad y se convierten en componentes y accesorios del sistema en funcionamiento. Los elementos esenciales de la guerra y la economía de guerra se convirtieron, cumpliendo exactamente los pronósticos [8], en parte indivisible, natural y habitual de la paz y la vida pacífica. Términos como “comunismo de guerra”, “frente cultural”, “batalla por la cosecha” resultan engañosos porque dan la impresión de ser restos de la guerra o de la militarización de la sociedad, cuando la verdad es que en las denominaciones militares, pacíficas o neutrales, lo que toma la palabra, de un modo manifiesto u oculto, es el carácter agresivo de los propios fundamentos de la época moderna.

La simbiosis de la economía, la técnica y la ciencia es una formación particular, con un modo específico de ordenación temporal (tiempo), de ubicación (espacio) y movimiento. Las prisas y la inquietud de la época moderna degradan cada segmento de tiempo, convirtiéndolo en un mero punto de paso hacia un nuevo perfeccionamiento que, sin detenerse, sigue lanzado hacia adelante y excluye así, por principio, cualquier perfección.


4

Podemos preguntarnos por qué los críticos socialistas del capitalismo no registraron la existencia de esta simbiosis y por qué los autores conservadores mostraron un mayor sentido de la realidad al ofrecer su descripción y su análisis. Claro está que los efectos de esta omisión fueron fatales. En 1913 Rosa Luxemburgo escribió una frase curiosa que, ochos años más tarde, cita Lukács sin que sea para él motivo de reflexión sobre la nueva realidad: "Si el modo de producción capitalista es capaz de asegurar el crecimiento ilimitado de las fuerzas productivas, el progreso económico será invencible" [9].

Marx y Luxemburgo justificaron la legitimidad, es decir, la posibilidad y la necesidad históricas del socialismo, señalando que el capitalismo, en determinado grado de su desarrollo, chocaría con limitaciones internas insuperables y no sería ya capaz de desarrollarse como sistema productivo. El socialismo iba a cumplir la tara que el capitalismo ya no podía realizar: el desarrollo ilimitado de las fuerzas productivas como premisa de un desarrollo rico y múltiple del individuo. Pero en cuanto la práctica demuestra que la simbiosis de la economía, la ciencia y la técnica significa un puro dinamismo que crece y se perfecciona ilimitadamente sin topar con ninguna frontera interna, que produce una masa inmensa de artefactos, productos e informaciones y garantiza así el ilimitado "crecimiento de las fuerzas productivas”, el socialismo deja de ser una alternativa al capitalismo. Desde ese momento pierde su justificación histórica y se convierte en una cuestión inútil, superflua, vana. Todos los intentos prácticos de realizarlo llevan desde el comienzo la tara de la mistificación que hace que el “socialismo real” cojee eternamente tras el capitalismo sin poderle dar alcance ni menos aún superarlo. El socialismo se vio sorprendido por los acontecimientos, por la ironía de la historia, antes de que hubiera podido comenzar a realizarse.

Y el verdadero gigante, cuyos rasgos se perfilan desde comienzos del siglo cada vez con mayor claridad, inicia su ambigua marcha victoriosa por el planeta: produce bienestar para una minoría y devasta a la naturaleza y a la gente. Su dominio no encuentra resistencia y no cuenta con una alternativa liberadora.


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Leviatán es caracterizado como una unión de dios y hombre, de animal y máquina, como machina machinarum que domina la tierra firme mientras otro monstruo bíblico, Behemoth, impera en el mar. ¿Cuál es la "autoridad absoluta" de la época moderna que transforma a la gente y penetra en su interioridad? ¿Es el Estado absoluto, la más poderosa de las máquinas, el superhombre artificial creado por el ingenio humano? [10]. ¿Es la triga totalitaria tirada por el partido, el Estado y el caudillo, que realiza su política como modelado y conformación, en la que a partir de la "cruda materialidad de las masas" se conforma la firme integración de nación y pueblo (das Volk)? ¿O es la simbiosis dinámica de economía, técnica y ciencia? ¿Finalizó con la derrota del nazismo y la descomposición del bolchevismo la era de Leviatán y la humanidad ya no está por fin dominada por fuerzas ajenas y enemigas? ¿Es el moderno Leviatán un mecanismo perfectamente funcionante o una particular simbiosis que crece, se extiende y se perfecciona?

Si analizamos el trío compuesto por la economía, la ciencia y la técnica como una formación simbiótica, llegamos a la conclusión de que es sólo la encarnación y la manifestación externa de la "autoridad absoluta" que actúa oculta a los ojos del público como dominus absconditus. La simbiosis es la encarnación del "alma" oculta que impera en toda la formación. Este particular espíritu, spiritus agens, domina por medio de la simbiosis a la realidad moderna, como instrumento suyo; y al tiempo que crea riqueza y caprichoso lujo para una minoría de elegidos, destroza todo el planeta, devasta no sólo la naturaleza y el medio ambiente, sino también a la gente y su interioridad. El señor oculto y todopoderoso de la época es el modo de representación dominante (die herreschende Vorstellungsweise), que no es el conjunto de las Opiniones y creencias de la época, sino el conjunto de modos en los que las personas y las cosas se ubican y se colocan, dónde, en qué lugar y en qué tiempo son situadas y colocadas, de qué manera se mueven. Este señor oculto no es sólo poderoso sino también malvado y malicioso (malitiosus): juega con la gente y se burla de ella, les conserva la ilusión de que son amos de todo, señores de la naturaleza, la tierra firme, el mar y en el futuro puede que del universo o parte de él, pero en realidad los transforma en obedientes accesorios de su sistema y su dominio. Por eso la historia de la época moderna es un acontecer dramático en el que el hombre-sujeto que se libera de sus ataduras a la autoridad medieval, profana o religiosa ve cómo su voluntad de aclararlo y medirlo todo mediante la razón se trastoca irónicamente en dependencia con respecto a aquello que él mismo ha creado como espejo de su poder, para su mayor comodidad, para hacer su vida más agradable ya que no mejor. Todo se subordina al expansivo sistema de producción y consumo de mercancías, informaciones y placeres. Los entes se sitúan y se colocan de modo que sirvan como accesorios a un sistema cuya esencia es el desplazamiento en un doble sentido: el movimiento hacia arriba, desde la caverna hacia la apertura, el auf-klärung kantiano, se ve desviado y desplazado hacia un movimiento distinto, horizontal, en el que, en dimensiones grandiosas, se repite siempre lo mismo. Y, en segundo lugar, en este movimiento transformador se lleva a cabo un trastocamiento, que es el modo histórico de la falsedad, en el que el hombre deja de ser sujeto y se convierte en víctima y objeto de un seudo-sujeto mistificado, que es el sistema funcionante de la sociedad industrial. Las energías de que disponen el hombre y la naturaleza se transfieren, a través de la insaciable ambición, a la cuenta de una tercera instancia que las acapara, las almacena, las reparte y las derrocha para fines secundarios e irrelevantes, de modo que el resultado de todo el proceso es una naturaleza humillada, que va perdiendo la capacidad de hacer frente a una creciente agresividad, y un hombre impotente, que se ha vendido al sistema como una pieza obediente de éste.


6

Aristóteles, tal como lo recoge Cicerón, veía con horror la posibilidad de que la humanidad viviese en una caverna provista de todo confort y dotada de objetos artísticos, creyendo que este espacio cerrado es su hogar y es la única realidad, fuera de la cual no existe ninguna más. Los habitantes de esta caverna son gentes ahítas, deformadas por una educación perversa, que escarban como topos en las riquezas, sin conocer ni la sensibilidad ni el sol [11]. La parte moderna de la humanidad, en cambio, no parece inquietarse por pasar su vida en condiciones que se parecen mucho a la caverna de Aristóteles. ¿Por qué? Porque la caverna moderna, a diferencia del estático espacio cerrado de Aristóteles, se expande y se ensancha, crece y aumenta, de modo que produce en sus habitantes la sensación de que viven en la ladera de la libertad y la apertura. La caverna expansiva se agranda absorbiendo y ocupando todo aquello con lo que entra en contacto: es una expansionante y expansiva cerrazón. Los habitantes de esta caverna tienen de todo, tienen de sobra, y por eso no intuyen que algo les falta, que carecen de lo esencial, de lo más esencial, que están desprovistos de lo esencial y que viven su lujosa vida como una inesencial supervivencia. A los habitantes de la caverna les faltan la medida y las proporciones que hacen que la realidad se convierta en un mundo que la gente puede habitar libremente y con alegría.

El moderno Leviatán es un monstruo que subordina a la gente a su funcionamiento, la transforma y la adapta a las exigencias de su propio crecimiento, de su devastadora hipertrofia. La "autoridad absoluta" de nuestro tiempo no es el mecanismo del Estado, ni la triga totalitaria del partido, el Estado y el caudillo, sino esta caverna expansiva, y representa una fuerza que se atreve a conformar y modelar a la gente.

¿Qué es lo que puede salvar a la gente de esta devastación colosal? "Sólo un dios nos puede salvar" (Nur noch ein Gott kann uns retten) dice Heidegger [12]. Sólo un dios salvará a la humanidad porque la democracia actual no es capaz de semejante acción liberadora. Pero no existe un dios semejante capaz de salvar a la humanidad y ni siquiera puede aparecer en el futuro. En esta situación sin salida se metió la humanidad moderna por su propia culpa.

Si no nos salva dios ¿nos salvará la democracia? Esta pregunta significa: ¿Tiene la democracia actual suficiente imaginación, suficiente coraje, suficiente poder como para hacer frente a la devastación expansiva de la caverna e intentar abrir en ella una salida liberadora? ¿O la democracia actual sólo es la manera más aceptable que tiene la gente de administrar sus asuntos dentro de la caverna, ya que no conoce otra cosa que la caverna y considera que todo el espacio que está fuera de ella no es más que una región y un territorio que están a la espera de una futura ocupación y una futura anexión?

La democracia es el poder (el gobierno) del pueblo. Esta constatación trivial nos recuerda que la fuente y el punto de partida de la democracia es la ambigüedad de la pregunta ¿quién y qué es el hombre? El hombre está siempre expuesto al peligro de degradarse hasta llegar a ser algo, de transformarse en un mero qué, pero al mismo tiempo está provisto de la capacidad de liberarse de cada degradación y de elevarse a la altura de un quién y un alguien, dotado de iniciativa. El hombre se mueve entre la posibilidad de degradarse hasta ser una especie de algo, un anónimo eso, y la posibilidad de alzarse hasta un yo responsable. Al realizar este movimiento el hombre no está encerrado, sino que a través de él se logra abrir una brecha en los límites de la caverna, que no conoce esta diferenciación y confunde el qué y el quién. El hombre no es el señor y el amo de lo existente, y por ello no puede comportarse con respecto a lo que es como un arquitecto pretencioso se comporta con respecto a los materiales a partir de los cuales, en las circunstancias dadas, sólo puede construir una u otra variante de caverna: primitiva, cuartelaria, de concentración o, en el mejor de los casos, de lujo. Por su determinación y su misión, el hombre es uno de los jugadores en el juego en el que la realidad entra en relación con él, apareciendo como lo sorprendente, lo imprevisible, lo secreto, el destino, la fortuna. Cuando el hombre está poseído por la avidez y la codicia y maneja estas potencias como si fueran objetos controlables y manipulables, inevitablemente fracasa como un demente enceguecido.

El idioma checo, esta cenicienta de los idiomas en lo que a terminología filosófica se refiere, resplandece de vez en cuando con percepciones inesperadas en las que de pronto se descubre la esencia oculta de las cosas. ¿Cómo es el pueblo que es sujeto de la democracia, cómo debe definirse al pueblo para que sea el pueblo de la democracia? El checo responde: el pueblo es la gente, gente es hombre en plural. En alemán se dice: der Mensch, die Leute, das Volk; en castellano: el hombre, la gente, el pueblo; en ruso: cheloviek, lyudi, narod; en checo: clovek, lidi, lid. El hombre es la praxis, en tanto que praxis no produce sólo instrumentos, aparatos, construcciones y sistemas, un conjunto de cosas (pragmata), sino que funda el mundo: comprende lo que en conjunto es y entiende esta comprensión como una invitación a salir de la caverna hacia la apertura y, en esta salida y esta transgresión, fundar el mundo. Mientras la gente vive en el encantamiento y la maldición de la caverna es víctima de una imaginación degradada, no es capaz de imaginar más que la monotonía y la estéril identidad del creciente bienestar, permanece en la impotencia y sobrevive como endeble accesorio del omnipotente seudosujeto. Es en el momento en que la imaginación le sugiere que la caverna no es la única realidad cuando se aproxima el comienzo de la ruptura liberadora. La democracia que sea capaz de resistir al aparentemente todopoderoso Leviatán moderno y se atreva a la ruptura liberadora de la caverna expansiva no puede ser una democtacia (sólo) social, porque lo social reduce al hombre a un sistema de necesidades que son ilimitadas e insaciables, sino que debe convertirse en una democracia metafísica, que entienda al hombre como todo un acontecimiento histórico y le invite a fundar el mundo. La democracia es el poder del pueblo que funda un mundo en el que la gente pueda habitar poéticamente.



[*] El texto pertenece originalmente a una conferencia dentro de un ciclo titulado "El principio de la esperanza y la voluntad de poder", en Görlitz, Alemania, mayo de 1993. Sería reimpreso el mismo año en la antología de artículos El siglo de Grete Samsa [Století Markéty Samsové], Český spisovatel, Praga. La presente traducción al castellano, de Fernando de Valenzuela, aparecería al año siguiente, en 1994, en la revista Claves de razón práctica, nº 44. págs. 35 a 39.

[1] S'il est bon de savoir employer les hommes tels qu'ils sont, il vaut beaucoup mieux encore les rendre tels qu'on a besoin qu'ils soient; l'autorité la plus absolue est celle qui pénétre jusqu'a l'intérieur de l'homme...”. Rousseau: De l'économie politique, Oeubres completes, Francfort, 1885, t. IIl, pág. 172.

[2] "... die höchste und umfassendste Kunst". Carta del doctor Goebbels a Furtwängler, de 1933. En H. Brenner, Die Kunstpolitik des Nationalsozialismus, Rowolt, 1963, pág. 178.

[3] Con una provocativa e inspiradora parcialidad trata este tema Ph. Lacoue-Labarthe: La fiction du politique. Heidegger, l'art et la politique, París, 1987, págs. 92 y siguientes.

[4] Hobbes: Leviathan, comienzo del capítulo 29, con la clásica escisión de las personas en sujetos (the Maker) y material (the Matter).

[5] "... diesen Philosophie endigt mit der Vergöttlichung des Staats”. Schelling: Grundlegung der positiven Philosophie, Torino, 1972, pág. 235.

[6] Ver Schelling: Über das Wesen deutscher Wiessenschaft, Werke, vol. VII, pág. 11. Franz Rosenzweig: Das älteste Systemprogramm des deustchen ldealismus, Gesammelte Schriften, vol. III, Dordrecht, 1984, pág. 19: "... jeder Staat muss freie Menschen als mechanisches Ráderwerk behandeln; und das so!l er nicht; also soll er aufhóren".

[7] "... ein ungeheueres System von Gemeinschaftlichkeit und gegenseitiger Abhängigkeit, ein in sich bewegendes Leben des Toten, das in seiner Bewegung blind und elementarisch sich hin und her bewegt, und als ein wildes Tier einer beständigen Beherrschung und Bezähmung bedarf”. Hegel: Realphilosophie, vol. 1, pág. 240.

[8] W. Rathenau: Deutschlands Rohstoffversorgung, Berlín, 1916, pág. 16.

[9] Rosa Luxemburg: Die Akkumulation des Kapitals, Berlín, 1923, pág. 251.

[10] Epílogo a la edición checa de Leviatán, Praga, 1941, pág. 46

[11] "... es sind verbildete, ibersättigte moderne Kulturmenschen, die sich maulwurfegleich in der herz- und sonnenlosen Pracht vergraben...". W. Jaeger: Aristoteles, Berlín, 1923, pág. 168.

[12] Martin Heidegger im Gespräch, Pfullingen, 1988, págs. 96 y 100.


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